viernes, 8 de mayo de 2015

El (sin) portazo.

Que te quisiera, me suplicabas, como si de verdad fuera de ti de quien hablo en todos mis poemas.
Pero que bonito era mentirte con tal de que me regalaras esa maldita media sonrisa.

 -De historias a medias nadie sale completo- decía.

 Pero solo con eso yo ya me sentía entera.

Te recuerdo como el chico del: “nena, esas bragas son nuevas?”; espero que me recuerdes a mi como aquella que te respondía “solo hasta que las tires al suelo”. 
Los dos sabemos que las que vengan a partir de ahora no van a valer una puta mierda.

Que enamorarse de un chico como tú podría cualquiera.
Pero a ver quien tiene ovarios para aguantarte sin quererte.

-Que te quisiera-, me suplicabas mientras te preparabas para irte. Y cuanto más llena estaba tu maleta más vacía estaba yo.
(Esto último sigo sin saber explicar(me)lo.)

-No cierres la puerta, que quizá viene el indicado- Te dije con lágrimas en los ojos. “Pero que no la cierre él tampoco, que quizá acabas queriendo que vuelva”.
Me diste un portazo que no podría haberte perdonado jamás en la vida; suerte que era para quedarte dentro (de mi).

¿Qué nos paso? La cama se nos quedó demasiado grande, los Domingos eran un puto disparo en la cabeza cuando quedaba un minuto para las diez. 
Dejó de gustarme ese puto cantautor enamorado de la lluvia, podría enamorarme de ese hijo de puta tan triste si me lo cruzara, por casualidad, por una de las calles que no conozco de Barcelona. Quizá tenga que ver con el martes que te fuiste,
sin portazo;
sin maleta;
sin volver.
El martes que me levanté junto a ti, pero ya no estabas. Eras una simple silueta que me miraba como quien mira a un precipicio y sabe que mientras no de un paso más, seguirá con vida.
Era martes, estoy segura de que era un martes, ya nunca miro hacia ese espacio que ocupabas tú los martes.
Ni sonrío.

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